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Home Kit 5 Capítulo III Una cuestión de ruidos
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Una cuestión de ruidos

El hombre estaba sentado, atrapado entre dos murmullos, no sabía hacia dónde ir. Uno de los sonidos provenía del lado derecho, el otro, de su izquierda. En uno de esos lugares había adultos, en el otro, adolescentes. Tenía que dirigirse adonde se encontraban reunidos los más grandes. Se propuso el desafío de acertar en la decisión. Su dilema era: ¿cómo resolver?, ¿qué tomar en cuenta?

No podía ver lo que sucedía en el interior de los lugares. Intentó aguzar el oído al máximo. Hacia la derecha se producía algo así como un gran debate. No gritaban, pero eran tantos que el murmullo se expandía con mucha claridad. Hacia la izquierda el bullicio tenía un tinte festivo, carcajadas en forma de voces y gritos salían de aquel salón.

Empezó a percibir que su elección debía ser allí donde parecía estar lo más convencional y serio. El mundo adulto estaría elucubrando. Se imaginó la pasión en el debate de cuatro, a lo sumo cinco personas, y el resto con caras largas, aburridas, mirando la hora, soñando un rápido final. De inmediato pensó que donde había alboroto estaban los adolescentes. Se preguntó si estarían solos o con un adulto de esos que forman parte del decorado. Imaginó que debían andar lloviendo papeles y lápices, hasta le pareció que un adolescente volaba por una ventana. Prefirió esperar el ruido de algún vidrio para asegurar la decisión. En realidad era fácil decidir, pero resolvió esperar una señal más, para asegurarse.

Es que el taller ya estaba empezado y él recién llegaba. Quería entrar sin llamar demasiado la atención; en realidad, acertar no era un juego, era una necesidad. Maldijo tener tanta vergüenza, pero, bueno, representaba a la institución y tenía que estar. No conozco a casi nadie; entre donde entre, me van a mirar de arriba abajo.

Si caigo donde están los adolescentes, van a pensar que soy un viejo desubicado. Si entro donde los adultos, dirán: “a este currero lo mandan y lo que hace es llegar tarde”; “seguro que es el primero en pedir el certificado”. Si supieran que me importa un bledo, se dijo.

Estaba en eso cuando entre el escándalo de gritos escuchó un estruendo seguido de un silencio de los santos sepulcros y luego una carcajada generalizada. No dudó más: allí estaban los adolescentes.

Se preparó, tomó aire y arrancó hacia el otro lado, donde se reunían los adultos. Pensó en la justificación para anticiparse al reto.

Cuando abrió la puerta, quedó petrificado. Muchos dormitaban en el fondo, algunos hablaban de hacer cosas, de hacer sin aburrimiento, mientras uno anotaba en la pizarra. Le pareció una asamblea de aquellas en las que participaba semanalmente desde hacía veinte años. Hablaban como adultos, hacían como grandes y él se había equivocado de lugar.