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Home Kit 4 Capítulo II La historia de Armando
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La historia de Armando

Armando, nacido en 1973, es hijo de padres separados; vive en Nápoles con su madre y pasa temporadas en una ciudad del norte con su padre. Éste lo rechaza, por lo que el chico vive en la calle cometiendo pequeños robos y rapiñas. Lo arrestan, lo detienen unos meses en custodia cautelar y lo absuelven por no haber cometido el hecho, dos veces consecutivas. Al tercer arresto lo tienen detenido hasta la audiencia ante el juez, y el 19 de diciembre de 1991 le notifican la fecha de la audiencia, que se realizará estando él en libertad, después de seis meses, en el Tribunal de Menores de la misma ciudad.

Armando vuelve a Nápoles con su madre, empieza a trabajar y no vuelve a ser arrestado. Después de tres meses, pregunta a los operadores de la cárcel en la que había sido detenido si hay noticias de su proceso, pero ninguno sabe nada. Lo que Armando no sabe, porque no lo entendió cuando se lo comunicaron, es que la notificación que se le hizo oralmente en diciembre equivalía a una notificación oficial.

El 19 de junio de 1992, Armando es procesado y condenado por el Tribunal de Menores. Todo es regular, pues, habiendo sido notificada oralmente la fecha de la audiencia, debía saber que tenía que presentarse en el proceso y no lo hizo. Armando, mientras tanto, sigue trabajando sin saber que lo están buscando.

Unos meses después de la condena es apresado mientras duerme en la casa de su madre y llevado a una cárcel en Nápoles. Se lo condena a dos años de detención, a los que se les restan los meses pasados previamente en custodia cautelar. Aunque ya es mayor, la ley le consiente transcurrir la pena en una cárcel para menores, por haber cometido el delito cuando era menor. Hundido en negra desesperación, Armando no entiende, y pregunta continuamente por qué nadie le avisó, por qué no le enviaron la notificación.

“Conté esta historia porque explica mejor que cualquier discurso teórico que también un buen proceso penal con garantías, como el italiano, puede convertirse en un sistema cerrado en el que se devalúa el elemento fundamental de la comunicación y del lenguaje. Si el lenguaje del proceso no es compartido entre juez y menor, el peligro mayor en que se encuentra el chico, además de lo obvio de sufrir una condena, es el de quedarse fuera del sistema en el que se mueve el juez, y que el proceso en su totalidad asuma las características de un acto unilateral en el que el menor está ocupado exclusivamente en no hundirse” (p. 60).

Tomado y adaptado de: G. Ferrari Bravo: “El árbol de la justicia”, pp. 57-60.